VIII

Mientras escribo unas breves lineas que salieron de su perfume en el viento, degusto un helado. La mejor bala destinada para distraerme de su recuerdo. Confieso aquí que esta semana ha sido enteramente de ella. He perseguido a dos mujeres sin que se den cuenta tan solo por el cruel motivo de llevar un perfume.

Un perfume tan atado a sus recuerdos, imbuidos en magia y dolor.

Y no me arrepiento de haberla conocido.

Me arrepiento de nunca revelar que sucedió después que pasó. Pero a quien le interesa cómo se muere y cómo se vuelve a erigir un corazón. He levantado poco a poco y paso a paso mis pasos. Es su mirada. Dura, Intensa y eterna. Y solo recuerdo como era su brillo al mirarme. No pasa un sencillo día sin pensar en ella. Sin perdonar. Sin dejar ir las cosas. Pues a juzgar como soy, la superficialidad nunca fue de mí gusto y catar recuerdos exquisitos se vuelve tan espontaneo como desear un pez fugu por la mañana. Rio. Callo. Muero cada día y renazco a cada paso de esas nubes decorando un cielo, pliego de esperanza y letal pagina del destino.

Vendería, si existiese, mi alma por volverla a ver.

Y al verla: matarla.

 

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